(Volver al cuento)

Susurros

de Carmen Cecilia Suárez

 

Todos los mendigos se sientan a descansar en el umbral de mi puerta. Él era el único hosco que no saludaba y en ocasiones me increpaba con insultos. Por esto, a mí no me simpatizaba. A diario subía cargado de cartones y trapos que recogía para vender.

Poco a poco su alevosía se fue tornando en silencio y se volvió indiferente. Dejó de trabajar. Pasó a sentarse todo el día en el quicio de la puerta de la casa de enfrente, debajo del balcón. Ahí toma el sol, se rasca y de vez en cuando canta con una voz ronca canciones muy suaves. A su lado ahora se ve una mendiga joven, con cara extraña de gitana húngara, una trenza negra, mirada triste y una cierta elegancia en su porte, a pesar de sus andrajos; a ratos la veo peinándose y arreglándose el vestido.

En el día nunca hablan. Pero a veces los escucho en las noches, susurrando palabras de amor.